(Emiliano Torres – Argentina Francia – 2016).- La Patagonia. Esa inconmensurable inmensidad donde la vista llega al horizonte sin ningún obstáculo, amarillo ocre en verano, blanco en invierno. La estepa. Amo ese lugar varias veces recorrido, en soledad o compañía. Admiro la vida hostil y desafiante que genera, amo el desafío de superar la adversidad para poseerla. La amo entrañablemente, sin explicación. Dura como sus rocas, inhóspita con su viento, tal cual es.

En la estepa, donde se sitúa el relato de la película las distancias son enormes,  cada tanto se lee el nombre de una estancia en una tranquera y nada más. El resto es alambrado.  No se divisa nada. Dentro, tal vez se puedan encontrar algunas de las estancias descriptas por Yuyú Guzmán  en   “Viejas estancias de la Patagonia” fruto de la época de la riqueza de la producción lanera del ganado ovino que tanta fortuna generó durante el siglo XX , por supuesto para los propietarios -argentinos o extranjeros en su gran mayoría- y que originó uno de los trágicos hechos de la nuestra historia con la huelga  de peones de 1919 que culminó en trágicos fusilamientos. Hoy todavía muchas de esas extensiones pertenecen a personas o compañías extranjeras. Recientemente se ha legislado hacia futuro, para  que no se apropien de mayores fracciones de ese territorio.

Ese escenario estepario genera personas, relaciones humanas, condiciones de trabajo y usos y costumbres propios.  Esto es  los que se ve reflejado en El Invierno, sin demasiados diálogos –que allí no los hay- con la contundencia de las imágenes de las condiciones laborales y de vida de los trabajadores golondrina, esquiladores en este caso, la manipulación inhumana de personas que en soledad y desprotección son vulnerables a ser usadas con alcohol, prostitución, malos tratos y condiciones de vida indignas,  con la corrupción que permite el sistema de contratación de capataces, con el manejo que algunos dueños de esas propiedades hacen, cambiando la forma de obtención de riqueza,  actualmente hacia el turismo.

La historia que dispara la película es un trasfondo para pintar esto, la soledad que hace de un viejo alguien que al perder su trabajo no tiene vida, y un joven que para lograrlo tiene que sobrevivir a la separación de su familia, cuyo amor podría metafóricamente asemejarse a las castañas que para encontrar la fruta hay que aplastarlas con un fuerte taconazo, y allí aparecen brillantes, puras, casi perfectas dentro de ese fruto pinchudo y agreste. La reunión de navidad en familia, que tiene que ocultarse para mantener el trabajo muestra eso.  El corazón del amor familiar en una corteza agresiva y deshumanizante que impone el sistema de trabajo.

Una película cruda que sin concesiones muestra todo sin decir mucho, el silencio, los rostros que genera esa vida, los tiempos largos de las grandes extensiones, y la  derrota final de ambos trabajadores en un devenir del cual ellos son solo engranajes para la riqueza de otros.

Conmovedora en su realización cinematográfica, que le valió el Premio del Jurado en el Festival de San Sebastian y Biaritz 2016 con una fotografía de Ramiro Civita bella e impactante que muestra toda la inmensidad de la Patagonia, también premiada  en San Sebastián.  Emiliano Torres  tras una larga trayectoria como asistente de dirección  y guionista debuta como director con esta película,  cuyos actores no necesitaron de la palabra para expresarse,  las situaciones y conflictos se narran a sí mismos, en una armonía de realización que se mantiene en todo el  desarrollo del film sin fisuras.  Ellos son el chileno Alejando Sieveking (cuya labor también fue premiada en Biarritz) y el joven misionero Cristian Salguero, acompañado por Adrian Fondari, Pablo Cedron y Mara Bestelli con una musicalización solo imprescindible. El silencio, o el eterno sonido del viento priman.

Testimonio invalorable del presente en un lugar de la Argentina  en estas primeras décadas del siglo XXI, está a la altura por su belleza estética y respeto de la realidad de las mejores producciones del cine nacional actual.

 

 

 

Lidia Greco   -    Signis Argentina -  Noviembre de 2016