Dr. Ernesto Albán Gómez

Conozco que en alguna universidad se ha organizado un curso completo de derecho penal mediante la proyección y el consiguiente comentario de películas. Se trata de un reto muy atractivo que obliga al profesor a escoger cuidadosamente las  películas que podrían ser utilizadas para reflexionar sobre los diversos contenidos del curso. Aunque tengo ya una lista con mis preferencias, admito que la cuestión puede dar lugar a un largo e interesante debate. Lo que es indiscutible, para mí, es que el curso debería iniciarse con la proyección de la película norteamericana Matar un ruiseñor.

La película (1962), notable desde el punto de vista cinematográfico, fue dirigida por Robert Mulligan y mereció varios óscares (entre ellos al actor principal Gregory Peck). Está basada en la novela de Harper Lee, ganadora del premio Pulitzer y uno de los mayores éxitos de librería del siglo pasado.

La historia está localizada en una población del estado sureño de Alabama, en la época de la gran depresión de los años treinta. El tema central es el juicio que se sigue contra un hombre de raza negra acusado de haber violado a una mujer blanca, cuya defensa el juez encarga al abogado Atticus Finch. Este considera que, a pesar del rechazo social que sufre y de los riesgos que corre, es su deber aceptar el encargo. Asume la defensa del acusado, impide su linchamiento y demuestra en el juicio las inconsistencias de la acusación y los motivos extrajudiciales que operan en el caso. Sin embargo la decisión del jurado, integrado exclusivamente por hombres blancos, resulta evidente. Surge entonces en el ánimo del espectador un doloroso interrogante sobre la forma en que se administra justicia en una sociedad dominada por la discriminación y los prejuicios. Y, aunque las circunstancias concretas sean distintas, la película provoca idénticas preocupaciones, cuando recordamos como funciona en todas partes el complejo aparato de la justicia, que cae preferentemente sobre los sectores más desprotegidos.

Hay en la película (también en la novela) un elemento adicional que le confiere un especial dramatismo: lo que ocurre en la sala de audiencia, con toda su crudeza, es observado por unos niños y narrado por la hija menor de Atticus. Es, si se quiere, la pérdida de la inocencia infantil con ocasión de un episodio de violencia institucional. Condenar a un inocente es como matar a un ruiseñor y esto es un grave pecado, ha señalado previamente el abogado.

¿Por qué iniciar el curso con esta película? Porque considero que la reflexión inicial que debe hacerse un penalista es que el ideal de justicia que pretende alcanzar choca en la vida real con las terribles barreras de los prejuicios, de los intereses, de las presiones que condicionan su tarea y que debe tratar de vencer, tantas veces infructuosamente.

Agrego algunos datos: al final de la película hay otro breve episodio, en el que también se estuvo a punto de matar un ruiseñor. Se lo evitó, ignorando por un momento las exigencias de la ley. Summum jus suma injuria, decían los romanos.

En el año 2003 el American Film Institute eligió a los cincuenta héroes en la historia del cine norteamericano. El primer lugar lo ocupó Atticus Finch. Un último detalle: la novela se abre con una frase muy curiosa del escritor del siglo XIX Charles Lamb: “Yo supongo que los abogados también fueron niños”.